sábado, 1 de agosto de 2015

Compartiendo Experiencias (I)

Hoy compartimos una experiencia de voluntariado que muestra de forma increíble lo que muchos (por no decir todos) hemos sentido en el antes y el después de marcharnos. Palabras que expresan aquello que tú no sabías decir, pero que te identifican. Palabras que provocarán a personas que todavía no lo han vivido a empezar ya con su aventura.


Rocío se marchó en 2014 con Entreculturas a Ecuador y así nos relata su experiencia:

“Me encanta la diversidad y lucho por la igualdad. Suena paradójico, pero no lo es tanto.

La diversidad enriquece. Cuando viene acompañada del respeto genera actitudes, sentimientos y conocimientos que hacen a las personas más flexibles, respetuosas, solidarias, curiosas y diría que felices. Podemos estar hablando de casi cualquier cosa. Recursos económicos; culturas; tribus urbanas; edades; idiomas; capacidades intelectuales, motoras, adaptativas; historias de vida; características físicas y de personalidad; estilos de moda; gastronomía; religiones y así podría seguir enumerando cosas.

Igualdad… no clonación. Igualdad de oportunidades, de validez, de derechos.

Cuidado, no defiendo un “todo vale”. Claro que dentro de la diversidad hay sombras negras que no merecen derechos ni oportunidades ni son válidos…insisto en que la compañía del respeto en todas direcciones es imprescindible. Pero quitando eso, soy una convencida acérrima de que la diversidad es un don de la naturaleza que incluye al ser humano. Si todos fuésemos iguales, hablásemos el mismo idioma, tuviéramos las mismas costumbres, pensamientos, gustos e intereses…sin duda perderíamos nuestra razón de ser. Aquí la educación juega un papel fundamental a la hora de construir personas con unos valores que favorezcan sociedades justas y un criterio que les permita seguir desarrollando el enriquecimiento personal, social y cultural.

Tristemente parece que la sociedad nos empuja a desear ser igual que los demás siguiendo un modelo. A la vez que crea diferencias, nos convence de que lo que no sigue la norma, vale menos, generando rechazo y discriminaciones. La norma del círculo de cada uno, porque según el lugar desde donde te sientes a mirar, las perspectivas son muy distintas. Entonces, lo normal que nos empuja a ser iguales, es diverso. En fin, igualdad y diversidad se “emparadojan” allá donde vayan.

Y yo me siento a veces arrastrada por esa corriente de que todos tenemos que seguir el mismo patrón. Intento buscar un equilibrio, adoptar distintas perspectivas, comprender y aceptar, y generar una postura propia que es una especie de collage de lo que voy recogiendo aquí y allá. En esta búsqueda de comprender mi entorno, me extiendo más aún y busco la posibilidad de entender el mundo. Demasiado ambicioso, dudo que lo consiga, pero al menos espero que el camino merezca la pena y me vaya aportando riquezas. Y esta inquietud, entre otras cosas, me llevó a querer vivir una “experiencia sur”, gracias a la oportunidad que Entreculturas me ofrece.

Experiencia Sur es el programa de voluntariado de corta duración que oferta la ONG Entreculturas. En realidad es mi segunda experiencia, aunque la primera no estuvo respaldada por ninguna entidad. Haber vivido otra aventura similar me suma preparación para saber qué me va a pasar (sobre todo cuando llega el momento de volver) a nivel psicológico y emocional y me resta el factor sorpresa, sin por eso hacer que sea menos válida.

Me apunté sin saber dónde, cuándo ni con quien me iría. Con el compromiso de formarme antes de ir, y compartir lo vivido al regreso.

Después de un tiempo de preparación y algunos nervios provocados por la incertidumbre, me informan de mi destino: La Bramadora, en Ecuador. Entreculturas trabaja por la educación, codo a codo con Fe y Alegría en América latina y África. Mi misión está en una residencia estudiantil (Padre José Ribas) que forma parte de Fe y Alegría. Los residentes son alumnos del colegio Fe y Alegría Juan Pablo II. La Bramadora es un pueblo de una zona rural, sus habitantes trabajan en el campo, principalmente con el cultivo de plátano y cacao, y el ganado. Los niños y niñas que viven en la residencia de lunes a viernes han llegado hasta allí por diversos motivos. Todos comparten una situación que no les permitía o les dificultaba enormemente tener acceso a una educación de calidad que les permita tener oportunidades para un futuro digno. Gracias a este proyecto tienen esa posibilidad, proyecto en el que la figura del voluntario no es imprescindible, pero sí aporta un soplo de aire fresco a todas las personas que allí viven. Especialmente importantes son los que están dispuestos a quedarse por más tiempo, ya que los niños necesitan referentes algo más estables y poder ofrecer una participación plena requiere su tiempo de adaptación. Pero cualquier ayuda es bien recibida, y aunque un voluntariado de corta duración provoca más repercusión en la persona voluntaria que en la comunidad que recibe ese apoyo, sin duda es una experiencia en la que se crea un intercambio del que todos ganan. Es tan difícil poner palabras a esta experiencia… Puedo hablar de historias personales, de cosas generales del país, de aspectos turísticos… Claro que todo en pinceladas porque realmente es lo que he conocido, simplemente varias sinopsis de lo que allí hay. Con más tiempo tal vez me enteraría del argumento completo. Mejor escribir sobre lo que me he traído en la maleta: satisfacción, esperanza, un corazón un poquito más grande, respeto y admiración. Satisfacción por comprobar que Entreculturas contribuye a que se lleven a cabo obras sociales que cambian vidas, gracias a la colaboración de todos los voluntarios que lo hacen posible. Esperanza en que la educación liderada por personas con vocación es la mejor arma de construcción masiva. Esperanza y reafirmación. Si estos niños y niñas no tuvieran esa oportunidad, sin duda tendrían una vida nada deseable por ninguno de nosotros. Dar y recibir ensancha el corazón. La falta del afecto incondicional de sus padres a diario hace que los pequeños regalen y roben besos y abrazos, busquen llamar la atención (de formas a veces poco adecuadas), o que se encierren en sí mismos. La mayoría se apoyan entre ellos, para lo bueno y para lo malo actúan como una gran familia. Se acompañan, se ayudan, lo comparten todo. Claro que también hay capítulos negativos, son niños y adolescentes con necesidades afectivas conviviendo. Ver y compartir esos gestos de humanidad y hermandad recuerda que el sentido de la vida está en las personas, no en los objetos. Respeto y admiración…aquí sí me veo obligada a personalizar un poco. Todo este proyecto y el curso que está siguiendo no se mantienen en pie por casualidad. Hay una persona detrás de todo, pendiente de todo, preocupada y entregada. Una persona que es capaz de dar a los niños y niñas la combinación armónica de disciplina y cariño, de estar ahí para que no falle nada. Es ejemplo de sinceridad, honestidad y esfuerzo. Se gana el respeto de niños y familias. Su presencia pisa fuerte en la residencia. Un gran ejemplo a seguir en muchas cosas. También me traigo respeto y admiración hacia todas las personas que intentan seguir adelante y no pierden la sonrisa a pesar de las dificultades. En mi maleta también traigo la visión de que aún queda camino por recorrer. La educación tiene que crecer y mejorar su calidad. También hay que seguir luchando por derribar barreras de indefensión y cambiarlas por empoderamiento de la gente como agentes de cambio.

Expectativas cumplidas, fronteras abiertas, retos asumidos. Ahora toca mirar hacia delante y continuar en el intento por comprender, concienciar y crecer.


Muchas gracias por compartir tu increíble experiencia con todos nosotros y por dejarnos conocer un poco más el trabajo de Entreculturas. ¡Ha sido un placer leerte!

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